La nueva intolerancia

Foto: John Fraissinet

En un artículo publicado ayer 21 de febrero en el sitio The Good Men Project (muy recomendable, por cierto), el autor, Brandon Ferdig, comentaba un fenómeno que ha notado que está permeando en la sociedad en Estados Unidos y que me parece que también está ocurriendo en México.

Ferdig explicaba que se enfrascó en una discusión que comenzó inocentemente: un debate con un hombre de mediana edad y su hijo adolescente sobre si la  piratería en Internet podía equipararse o no a robar. Mientras que Ferdig sostenía que le parecía una exageración y poco preciso decir que la piratería era robo, el hombre y su hijo decían que definitivamente la piratería era robo.

Sin embargo, la discusión fue convirtiéndose, de una discusión neutral sobre un tema a una pelea más personal, con insultos, con gritos incluso, hasta que de plano degeneró en acusaciones de que el otro era casi la maldad personificada.

El autor describe cómo llegaron a ese punto: cuando ellos tomaron una postura en el tema, él se sintió ofendido y cuando retaron sus ideas, se sintió incómodo. Experimentó una amenaza proveniente de ellos y reaccionó sin pensar, igual que ellos a su vez lo hicieron con sus argumentos.

Lo importante no era quién tenía razón, sino el fenómeno que se presentó: hoy en día este tipo de reacción es muy prevalente, y el autor afirma que se puede clasificar como “ideologismo”.

La mejor manera de definir este concepto es compararlo con cualquier temor que se manifiesta con juicios, prejuicios, desagrado, violencia y sentimientos de incomodidad y de sentirse amenazados por aquellos que son diferentes a nosotros. El ideologismo se parece a cualquier otro “ismo” como el racismo, sexismo y homofobia en que lo que estas ideologías rechazan no es en verdad una amenaza: las mujeres no son una amenaza por pedir igualdad de derechos a los hombres; las personas de otra raza no son una amenaza para la raza predominante en número en x país; ni las personas homosexuales presuponen una amenaza a quienes no lo son.

Sin embargo,  ante ideología diferente hay quien reacciona con la misma fuerza que cualquiera de estas actitudes prejuiciosas. Se trata de una reacción que no es lógica: porque alguien piense diferente y lo exprese el mundo no se acaba, no hay un daño a nadie, no ocurre ninguna injusticia.

Lo único que ocurre es un temor a las diferencias. Y su manifestación muchas veces es tan violenta en su expresión como quien odia, digamos, a los homosexuales. Muchos reaccionan a quien piensa diferente con una etiqueta despreciativa: “ay, es que es un (priísta, panista, perredista, católico, cristiano, evangelista, testigo de Jehová, derechista, izquierdista, reggeatonero, chavo banda, facebookero, tuitero, ponga usted aquí la clasificación que quiera)”.

Y los medios lo alientan. Parece que el calificativo y la crítica a otros por comportarse de x forma son comunes y no lo menos frecuente, como debería ser. Teóricamente deberíamos ver, escuchar y leer las opiniones o posturas de los que transmiten las noticias pocas veces y bien etiquetadas como eso, como opinión o postura. Pero no, vemos más opiniones mezcladas con noticias que lo que deberíamos.

El temor es algo que predomina en cómo los medios retratan la realidad. Y es con temor que buscan influir, según su agenda, en quienes los ven. Por poner un ejemplo, pero no es el único tema en que lo hacen así: “Tal partido está asociado a tal práctica terrible, por lo tanto, hay que pensar bien si vas a elegirlo para gobernar” parecen gritarnos tanto directa como indirectamente.

Y lo peor es que caemos. Nos dejamos llevar por la reacción visceral, por esa falta de reflexión y nos lanzamos a donde nuestras emociones nos digan, sin pensar, sin darnos cuenta que si acaso (porque a veces no es así) el otro busca provocarnos, nosotros estamos tan mal como ellos si nos dejamos provocar.

Concuerdo con el autor que lo mejor que nos queda hacer es notar esa intención o notar la reacción visceral del otro a nuestros argumentos y evitar, a toda costa, caer en lo mismo. Porque el temor nubla la mente y no es posible llegar a ningún resultado útil para todos sin una reflexión profunda de la realidad, con datos, con hechos, no con ideas y buenas intenciones. Ojalá todos aprendieramos esa lección.

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