Decisiones absurdas

Soy usuaria del transporte público de esta ciudad. Lo abordo diariamente y puedo decir, además, que lo hago en condiciones difíciles. Primero, tengo que transportar diariamente a 2 niños menores de 7 años una distancia respetable (de Avenida Revolución a una zona cercana a la línea azul, a la altura más o menos de Chabacano).

Así que por eso me cuesta mucho trabajo entender y de hecho quisiera que alguien me explicara por qué Marcelo Ebrard (el actual Jefe de Gobierno del DF) y sus predecesores (Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo) se han dedicado a hacer segundos pisos, autopistas internas, una línea del Metrobús más, otra línea del Metro y no a mejorar el transporte público que ya existe y que usan actualmente millones de personas.

Conozco varios de los transportes colectivos de esta ciudad, Metro, Metrobús, autobuses urbanos. En todos ellos existe una saturación impresionante, fallas mecánicas de no creerse y totales desventajas para gente que tenga algún tipo de dificultad al transportarse (personas de la tercera edad, personas con capacidades diferentes, embarazadas y niños).

De esto último tampoco le echo la culpa completa al Gobierno del DF, que no refuerza de ninguna forma el que quienes necesiten asiento y mayor seguridad cuenten con ella. La otra mitad de la culpa la tiene el total egoísmo que muchas personas que no tienen ninguna desventaja muestran al usar el transporte (y, aunque parezca extraño, no hablo de los hombres, sino muchas veces de lo que pasa en las áreas de mujeres).

Tenemos el caso de hoy: íbamos dos mujeres paradas, con niños en brazos, y solamente cuando una señora de edad avanzada bajó en su estación pudo una de nosotras sentarse (las más cercana a ese asiento). Mi hijo se durmió en mis brazos y nada, nadie de las otras mujeres menores de 60 años que teníamos alrededor me cedió el asiento, por supuesto. Me pude sentar cuando la primera señora con niño ya bajaba y me llamó.

Unos minutos después subió otra señora con un bebé muy pequeño en brazos, por lo que no tenía siquiera una mano libre para sujetarse. Pidió directamente que le cedieran el lugar y la mujer más cercana a ella (también, menor de 60, sin ninguna discapacidad) no le quiso ceder el lugar porque iba “muy cansada” y “de estación a estación”. Afortunadamente yo ya me bajaba en la siguiente parada y le di el lugar.

Esta es una de las consecuencias, por supuesto, de la mucha demanda y la poca oferta de transporte que aún existe. En el futuro se puede pensar que estas obras ayudarán a mejorar las cosas pero ¿no se puede al mismo tiempo hacer algo con lo que ya está en crisis?

Por poner algunos ejemplos, ¿por qué no añaden más trenes en el Metro? ¿Por qué no reparan las fallas en las líneas que causan constantes paradas, apagones, retrasos? ¿Por qué no se agregan más autobuses en las líneas ya existentes de Metrobús? ¿Por qué no hacer corredores de transporte público, en las vialidades que cuenten con varios carriles para poder dedicarle uno a autobuses, otro quizá a transportes como tranvías y de otros tipo, etc., mejorando la flota que ya existe y aún funciona, retirando la que no y no como ahora, que los autobuses urbanos parecen ser dueños de la calle, sin orden, generando tráfico y problemas realmente impresionantes?

¿Es que no pueden con estos problemas? ¿O es que con las obras pueden disimular mejor la salida de dinero de las arcas públicas? Todos los días me lo pregunto cuando tengo que pasar ésta y otras situaciones como la que antes contaba y que sé que muchas otras personas más pasan. Se me hace un total desequilibrio dedicarse sólo a obras nuevas y olvidarse de lo demás, no importando que lo que ya existe colapse.

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¿No tienes un hombre, no vales nada?

El título de este post, por supuesto, es una forma de crear cierto shock en el lector. El mismo shock que yo sentí el domingo que leía una ¿nota?, ¿reseña? (jamás supe) en CNN México de una mujer escritora, con un grado de Doctorado (lo averigúe posteriormente) que tiene con todo y estos logros tiene la desgracia de ser soltera.

Desde el título y la foto de este texto (“Bella, encantadora, talentosa, ¿por qué todavía soy soltera?”, ilustrado con una mujer entre 45 y 55 años, sola en un restaurante, mirando un menú, oh, tragedia) me causó el efecto que sería ver consejos de los años cincuenta en pleno siglo 21.

Porque la idea de este libro no es, como se dice hoy en día, empoderar a las mujeres que lo lean, darle armas para responderle a la gente metiche, insultante y de mente cuadrada que todo el tiempo acosa a las mujeres que son solteras con frasecitas como “”¿Cómo es que una mujer tan atractiva y brillante como tú no está casada?”.

El artículo comenzaba muy bien, dando a entender que lo que se esconde tras estas palabras es un insulto cortés, como dicen en Twitter, es decir, palabras bonitas que ocultan en realidad una visión de la persona bastante distorsionada, por ejemplo, en este caso sería cómo una mujer atractiva y brillante está sola, cómo tiene ese terrible castigo, seguramente algún defecto de la personalidad, algún problema con su forma de ser o de comportarse debe haber, ¿no?

Desgraciadamente la gente es así, y no hablo de cualquiera, hablo de padres, madres, hermanos, familia en general la gente cercana y que más poder podría tener sobre sus emociones -si la dejas, claro- es la que casi siempre ataca a las mujeres solteras con el constante “¿cuándo te casas?”

La autora del libro propone una solución simplista en extremo, simplemente decir “simplemente no me ha pasado aún”. Es decir, a este tipo de ataques muchas veces groseros y despiadados se le responda que uno no ha tenido suerte, pero que ya llegará la persona adecuada.

Es decir, volver a lo mismo, DEBE de llegar una persona. Porque una mujer no vale por sí misma, no puede, como cualquier hombre que así lo elija, vivir soltera y feliz toda su vida, no, eso es antinatural, claro (por si no se notó, esto último es sarcasmo).

¿Que no estamos, realmente, en el siglo 21? ¿Quién dice que una mujer para vivir feliz TIENE que casarse, TIENE que tener hijos? Presuntamente las mujeres hemos logrado todo tipo de conquistas, excepto el de la elección personal de no ser consideradas más o menos por el hecho de tener un anillo en el dedo o un papel firmado en un registro civil.

Ahora, si realmente fuéramos independientes como pregonamos entonces comenzaríamos a entender que para ser felices primero debemos entender qué queremos nosotras, seres individuales, no que quieren los demás (esa gente que nos presiona, por ejemplo) y que casarse no es la panacea ni la forma infalible para dejar de sentirse vacía (si es que es lo que te orilla a “pescar” a un hombre) sino que será la forma perfecta de que dos personas se acompañen en su miseria.

El casarse, aún en las mejores condiciones, no arregla nada. Tener una pareja genera, sí, cierto nivel de bienestar, pero también genera multitud de problemas, retos, circunstancias difíciles. No sólo debes lidiar con tu propia falibilidad, con tus momentos débiles, con tus ideas y pequeñas manías, sino las de una pareja que quizá no esté en el mismo canal que tú cuando tú estés triste, deprimida, desganada o al contrario, que estará en el peor de los humores cuando tú te sientas con ganas de armar una fiesta grande.

¿Cuándo, cuándo dejaremos las mujeres de tragarnos el tonto cuento de Disney de “y vivieron felices para siempre”? Noticias: eso no existe. La felicidad es un cuadro puntillista: tonalidades claras, tonalidades oscuras que al final hacen un cuadro hermoso, sí, pero mientras lo tienes cerca es un reto ver el panorama completo y no tirar la toalla. Y hay veces en que el cuadro no es tan hermoso y debes de aprender a dejar ir lo que en verdad no va a funcionar.

Yo digo que una mujer podría ser feliz viviendo soltera toda su vida si dejara de tratar de imponerse los estándares de otros, si quisiera realmente, verdaderamente, vivir su vida con plenitud sin importarle si lo hace sola o si en algún momento de la vida va a tener “suerte” (como si estar soltera fuera “mala suerte”) o no.

Quiero creer que más mujeres están comenzando a entender esto, a ser ellas, a ser una misma, a valer por lo que son simplemente, no por un estado civil.