País de palabrerías

what are word for?

A veces me cansa leer las noticias. Es lo que me ha ocurrido estas últimas semanas y por las que me he tomado una pausa como para pensar y desintoxicarme. Sí, incluso aunque mi carrera sea Comunicación, aunque haya trabajado en periódicos, a veces llego al hartazgo que pienso se da más entre las personas que no tienen relación con nada noticioso debido a su experiencia profesional.

¿Y por qué me cansa? Porque definitivamente me doy cuenta que nos perdemos muchas veces entre un mar de palabras, no en hechos.

Los políticos de todos los niveles, tendencias y partidos se la pasan en la total ‘declaracionitis’, hablando y hablando de cómo y por qué el país debería ir hacia tal o cual rumbo; los periodistas y bloggers reportamos todo lo que dicen estos políticos y además gastamos ríos de tinta analizando cómo el Presidente, los Diputados, los Senadores, los Gobernadores, los Presidentes Municipales deberían actuar, cómo debería de impulsarse la economía, qué debería hacerse para que el país salga de su retraso, etc, etc.

Pero de toda esta palabrería, ¿cuánto realmente se traduce a hechos? Sobre todo en aquellos que pueden hacer más para que las cosas cambien. Hace unos días Felipe Calderón, Presidente de México, afirmó respecto a la corrupción en México que:

“Esto es lo que estamos haciendo, buscando un uso eficiente y honesto del gasto público… lo debemos hacer todos, un compromiso claro con la eficiencia, la honestidad y con la transparencia en todos los niveles y en todos los poderes públicos”.

¿Realmente están “haciendo” algo? ¿O lo dice (como sospecho) para quedar bien? De todo lo que dice la oposición (incluyendo a López Obrador y anexas), ¿cuánto realmente se ha traducido en buscar que las cosas sí se muevan y no en jalar agua a su molino? Realmente la tendencia es al revés, cuando parece que un político está apoyando determinada causa o dirección es porque está muy seguro en su trinchera y nunca tendrá que cumplir su palabra o por hablar y al rato hará justo lo contrario a lo propuesto.

En este tipo de situación también entra la indignante tendencia que se está viviendo en el país de querer establecer leyes sobre cambios trascendentales basándose en ideas tendenciosas y llenas de supuesta “moral” y no en análisis de hechos.

Una de las últimas y más indignantes es la decisión en varios estados de penalizar a una mujer si decide que le es imposible sostener otra vida, es decir, tener un bebé.

Traer un niño al mundo no es nada más esos 9 meses que una mujer tiene en su viente a un pequeño y luego el momento del nacimiento de éste, implica muchísmas consecuencias, tanto para la madre como para el bebé. Sin embargo, los diputadetes locales de varios estados (Guanajuato, Veracruz, entre otros) se llenan la boca de “pero es que vamos a buscar que haya apoyos para esas madres que tienen un bebé y no pueden mantenerlo”.

¿De verdad? ¿Cuánto de eso han cumplido? ¿Es fácil que una mujer tenga apoyo hoy en día para tener y mantener un bebé? ¿Para darlo en adopción? ¿Ese bebé termina en las manos de una familia que lo quiera rápidamente? ¿De verdad? ¿O como siempre, puras palabras? Y a veces al drama de una mujer que es madre involuntariamente y sin tener recursos se une el de la violación (que no fue un error suyo, sino un delito de otro que tiene como consecuencia el traer a un bebé al mundo). Por supuesto, los diputadetes se llenan la boca con frases hechas como “pero el bebé no tiene la culpa”. ¡Tampoco la mujer violentada de esa manera!

Aclaro, yo, en lo personal, no recurriría a esta opción, por convicciones personales, pero si fuera diputada no apoyaría formas de gobernar como si los demás fueran una versión extendida de mis ideas, de mi moral personal, sino pensando en todas las posibles circunstancias que pueden vivir los demás, las personas que represento y para las que gobierno. Llenarme de palabrejas y moralina no ayuda a nadie, analizar la situación con datos y sin emociones es posible que influya y ayude a una mayoría, a esa mayoría que seguramente deberá recurrir a abortos clandestinos de todas formas y que de ser delatadas podrían pagar con cárcel, sí, con cárcel, el hecho de que su situación no les permite sostener a otra persona.

Y así podría seguir con montón de ejemplos en este país. ¿Cuándo veremos a alguien que no sólo se quede en la palabrería sino que al menos se vea un intento honesto de su parte por hacer algo basado en datos? ¿Cuándo veremos gobernantes que dejen de pelearse con sus opositores por conceptos y comiencen a concentrarse en hechos? ¿Será mucho pedir un poco de congruencia? Que si hace un año, 10 años, 15 ó 20 años atrás dijeron que apoyarían tal situación -por ejemplo, López Obrador, cuando afirmó que terminaría el problema del agua en Iztapalapa- realmente lo haga, se mantenga firme en su objetivo y en sus promesas?

Pero no, y mientras todos estos actores que pueden influir en los cambios se ahogan en un mar de palabras tontas, este país sigue sin un rumbo firme y definido. Claro, quienes se ahogan en su mar de palabra somos los que no tenemos influencia tangible, los que sólo, desgraciadamente, podemos protestar ante estas cosas. Creo que iría siendo hora que dejemos de creérles sus palabras y concentrémonos en sus hechos.

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