¿Ilusos o apáticos?

El periódico Reforma, el lunes pasado, en una nota en su portada (“Solapan desastre educativo”) daba cuenta de una encuesta entre padres de familia, en la cual 62 por ciento de ellos cree que la educación que reciben sus hijos en primaria, secundaria y bachillerato es de excelente a buena.

¡Cómo puede ser posible que crean esto cuando, de acuerdo a evaluaciones internacionales, estamos en la calle de la amargura! Y no simplemente nos lo dicen las evaluaciones, está el sentido común.

Simplemente es cuestión de ver lo que muchos jóvenes que cursan el bachillerato muestran como cultura general, el tipo de ortografía que tienen, que a veces no leen ni porque se les atraviese un texto enfrente (excepto, claro, los mensajes de celular que, por la forma en que lo escriben, dudo que les aporte algo trascendente).

En habilidades matemáticas es peor. Muchas veces la simple aritmética es como un misterio egipcio para muchos chavos (si no me creen pídanle a cualquier dependiente adolescente que prescinda de su calculadora).

Y de otras ciencias mejor ni hablar. Es lo que menos les interesa (de ahí también, supongo, el bajo número de científicos en este país).

Pero eso sí, sigue ese gran porcentaje de los papás ni se preocupa por saber o evaluar de alguna forma la educación de sus hijos o por ser críticos con quien la imparte. Quién sabe si sea apatía, candidez o miedo a ser asertivo, pero definitivamente a menos que los padres se pongan las pilas están mandando al mundo a analfabetas funcionales, gente que no será capaz de sobresalir, si acaso sobrevivir o subir con trampas, jamás por su capacidad.

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Alimentación y educación

Un estudio realizado en Nueva Escocia, Canadá, confirma lo que en países tercermundistas sabemos ‘en la práctica’: los niños que comen mejor son mejores en la escuela.

Niños que comieron una cantidad adecuada de frutas, verduras, proteínas, fibra y otros componentes en una dieta sana tenían menos probabilidades de fallar en una prueba, de acuerdo al Dr. Paul J. Veugelers de la Universidad de Alberta en Edmonton.

En su investigación observaron a 4,589 estudiantes de 5o. grado. Entre mejores eran los hábitos de alimentación basados en varias medidas de la calidad de la dieta, incluídos variedad y adecuación, menos probable era que el estudiante fallara un examen, aún después de ajustar los datos respecto a los ingresos de los padres, educación, escuela y género. Comer grandes cantidades de frutas y vetegales y menos de alimentos como grasas también fue asociado con un menor riesgo de fallar la prueba.

Y estos resultados no sólo se referían a la idea de que dándoles un buen desayuno es como se puede cambiar el mal desempeño en la escuela. Este estudio hablaba de la alimentación durante todo el día.

Por lo tanto, no es difícil darse cuenta que, aunque quizá bien intencionados, quienes ofrecen a los niños un desayuno más o menos nutritivo les están ayudando si acaso parcialmente, si es que en algo.

Es triste y desesperante pensar que esos niños llegarán a sus casas con sólo el desayuno en el estómago, a mal comer, a veces a ni siquiera comer, y así seguirán probablemente muchos años, retrasando su desarrollo y disminuyendo cada vez más sus oportunidades de salir adelante.

Lo ideal sería que diariamente tuvieran sus padres acceso a un ingreso que les permitiera darles a sus hijos lo necesario para prosperar en este mundo y no estar en él con una mala calidad de vida que ningún niño debería de padecer.

¿Casado, con hijos y sin satisfacción?

Hace poco tiempo, leyendo un periódico de Calgary, Canadá, me encontré un artículo de una periodista, Kim Gray, que se me hizo gracioso y una forma de despejarle a los hombres algo que nos pasa a las mujeres en cuanto tenemos hijos (o al menos a las mujeres que yo conozco).

Es esa situación en que tienes hijos pequeños (menos de 10 años) que, aunque son fuente de alegrías y retos, también cumplen la función de evitar que papá y mamá tengan un poco de tiempo juntos.

Como decía el artículo, las mamás/esposas modernas, con familias jóvenes, se ven enfrentadas al hecho de que quieren darle todo a todos, por lo cual se encuentran ‘vacías’ cuando por fin llega la noche y ese momento de estar a solas con su marido.

Aún las mujeres que se enorgullecían de tener un vida sexual sana a veces prefieren dormir al sexo.

La autora afirmó que esta situación les pasaba a muchas mujeres.

Puso como ejemplo que una mujer sentía que su cuerpo se había convertido en “un campo de juego” por el que los bebés, hijos y el marido pelean para ganar.

Otra mujer afirmó que el sexo de casada sí era mejor que el que tenían cuando aún no se casaban, pero el problema era que se complicaba el hacerlo bueno con el gasto de energía por atender a niños pequeños.

Creo que ambos, hombres y mujeres, quieren tener una vida sexual sana, feliz y hasta atrevida, pero algo destructivo, incluso a veces tóxico, sucede cuando llegan niños a un matrimonio. “¿Por qué?”, se preguntaba la autora.

En resumidas cuentas, a veces las mujeres se sienten exhaustas y subvaloradas. Los hombres se sienten olvidados y no apreciados. Las mujeres quieren más cariño y conversación; los hombres lamentan los días cuando eran el foco único en la mente de su novia.

Además, al añadir la falta de sueño a la mezcla la cuestión se vuelve un caos.

En su artículo, la autora citaba a Kathleen Turner, escritora del libro ‘Sexo luego del bebé: Por qué no existe’, quien encontró un dato clave: “la falta de sueño en ratas hace que éstas se ataquen y se arranquen el pelaje”.

Por esta razón se aconseja a los nuevos padres que tomen siestas cuando les sea posible y eviten desquitarse con su esposo/a.

Turner afirmó también que después del nacimiento de su bebé, esperaba que su libido tardara unas semanas, o lo más, unos meses, en volver a la normalidad.

“No volví a mis anteriores sensaciones hasta el tercer año luego del nacimiento de mi hijo”.

En su libro, además, Turner quiso dejar un mensaje de los derechos sexuales de las mujeres luego de un parto.

Le parecía que nadie, ni doctores ni maridos, deben determinar cuándo una mujer ha de sentirse lista para volver a tener sexo después de un hijo, sino ellas mismas.

En otras palabras, las mujeres que se convierten en mártires, haciendo lo que se espera de ellas, no son sinceras consigo mismas. Se vuelven amargadas y resentidas y eso no beneficia a la pareja.

Otra experta, Trina Read, afirmó que las mujeres que dejan que sus necesidades sigan incumplidas vuelven el sexo otra ‘tarea’ más.

Lo que los hombres, según Read, no entienden es que si cumplen con las necesidades de sus mujeres (lo cual puede ser un simple masaje SIN SEXO), éstas confiarán más en ellos, estarán más dispuestas y querrán más sexo más frecuentemente.